El ataque de las chicas lacasitos
Alejandro Hidalgo Le Tallec - 27-10-2006 01:44:31 | Categoria: General
"La curiosidad, esa fiebre crónica que no acabó con los felinos a pesar de todo."En el oficio de baby-sitter guardar el temple llega a ser crucial en ciertas circunstancias. Uno logra por otra parte a desarrollar serias habilidades diplomáticas. Y todo ello se funde en uno e indispensable cuando en la plaza veinte ojos se vuelven hacia ti desde diferentes alturas moderadas, ojos ansiosos, ojos deseo, casi diríase avaricia de miradas...
Aquella tarde el pequeño astronauta en nuestro mundo que estaba a mi cargo era Sylvana. Jesús contempló la escena ignorante de la tensión dramática desde unos metros atrás junto con su madre. Todo comenzó con un simple gesto, el bajar la cabeza y mirar las manos en el pecho, para un pequeño observador tercero, tiene la misma relevancia en el colectivo de los nanos que el alzar de una cola blanquinegra entre las gacelas Thomson. Sylvana traía hoy, no un nuevo juguete mágico e intrascendente, sino una magullada caja donde quedaban algunas pastillas de chocolate de colorida cubierta caramelizada. A su modo ella se iba administrando, tanto así que no me di cuenta que las tenía en su haber entre las cosas de su bolsa de juegos hasta ese momento.
Era una tarde como tantas otras de convivencia y aprendizaje, de correr con otros chicos y hacer aventuradas escaladas de la farola del pedestal, jugar allí al corro "dónde te metes" rodeándola como en al filo de lo imposible agarrándose bien a ella, paso a paso lateral bajo la adulta y atenta mirada. No era la primera vez, pues, que ella tomaba contacto con la Niña del Vestido Rosa, pero la transformación de esta me cogió por sorpresa. Para cuando me vine a dar cuenta Sylvana angustiada gritaba protegiendo con su hombro de las manos codiciosas sus azucaradas dosis, y el rostro convulso e implacable de la Niña Vestida de Rosa evidenciaba la determinación del alucinado. Mi reacción fue rápida y afortunadamente en un par de segundos Sylvana se alzaba a un metro de las implorantes manos de su amiga, sorbiendo pucheros, asumiendo consternada lo frágil de su mundo de derechos respetados. Ahí no acababa todo, se habían unido compañeros al acoso, y como los lobos que nos enseñara Rodríguez de la Fuente, me veía rodeado de cabecitas y manos que me increpaban y asían haciéndome recurrir a todos mis intuitivos conocimientos de Tai Chi al más puro estilo Manos que empujan. Algunos acabaron desistiendo, otros tuvieron que ser aleccionados firmemente, los últimos {la Niña del Vestido Rosa entre ellos} requirieron razonamientos pausados y entonación irrefutable, al tiempo que hábilmente conseguía encerrar esos obscuros objetos del deseo en una de las bolas transparentes, tan habituales ya entre los chicos y recurso siempre útil en manos de un adulto, convenciéndolos que la utilidad de sonajero suplantaba definitivamente la función de comestibles de tan preciado manjar, mientras susurraba a Sylvana ya en el suelo que habría mejor momento para degustar sus delicias.
Afortunadamente, salvo algún que otro conato de otro orden, la tarde recuperó su tranquilidad, Sylvana sus juegos (ese día corría como una condenada, habría de gastar tanta adrenalina), y Jesús un rato más con su tío, que más tarde se vería haciendo de Tío-Vivo alternativo para varios niños del lugar, comprendiendo en su fuero más íntimo el origen de tan tradicional nomenclatura.
Cuando no íbamos, volví la cabeza al oír alboroto, la Niña del Vestido Rosa expoliaba a sangre y a fuego un paquete de gusanitos ajeno de un pobre desdichado, sin su madre cerca, a merced de las leyes del mercado.
... memorando{también en clave de Re}
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Tu tío.
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